Bendición en las lágrimas
Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación (v. 4).
Recibí un email de un joven que explicaba que su padre (de tan solo 63 años) estaba muy grave en el hospital y su vida pendía de un hilo. Aunque no nos conocíamos, el trabajo de su papá y mi trabajo compartían muchas intersecciones.
El hijo, en un intento de animar a su padre, me pidió que le enviara un mensaje de video para alentarlo. Profundamente conmovido, grabé un breve mensaje y una oración pidiendo sanidad. Me dijeron que el hombre miró el video y levantó el pulgar con entusiasmo. Tristemente, un par de días después, el hombre falleció. Había sostenido la mano de su esposa mientras daba su último aliento.
Se me rompió el corazón. Semejante amor, semejante devastación. Sin embargo, es sorprendente escuchar que Jesús insiste en que precisamente los que lloran son los bienaventurados (Mateo 5:4). No está diciendo que el sufrimiento y la pena sean algo bueno, sino que la misericordia y la bondad de Dios se derraman sobre aquellos que más las necesitan. Aquellos que están abrumados por el dolor de la muerte o incluso su propia pecaminosidad son los que más necesitan el consuelo de Dios; y Jesús nos promete que «recibirán consolación» (v. 4).
Dios se acerca a nosotros, sus hijos amados (v. 9). Nos bendice en medio de nuestras lágrimas.

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