No es una pérdida
… el reino de los cielos es semejante a un tesoro… (v. 44).
Mi amigo Ruel asistió a una reunión de exalumnos de la secundaria en la casa de un compañero. La mansión frente al mar, cerca de la Bahía de Manila, tenía lugar para 200 personas, e hizo que Ruel se sintiera insignificante.
«Había sido muy feliz pastoreando iglesias rurales remotas —me dijo Ruel—, y aunque sé que no debería haber sucedido, no pude evitar envidiar la riqueza material de mi compañero. Pensaba en lo diferente que podría haber sido mi vida si hubiese usado mi profesión para convertirme en empresario».
Luego, con un rostro sonriente y lleno de paz, agregó: «Pero entonces recordé que no hay nada que envidiar. Invertí mi vida en servir a Dios, y los resultados serán eternos».
La paz de Ruel reflejaba la parábola de Jesús en Mateo 13:44-46. Sabía que el reino de Dios es el tesoro supremo. Para algunos, esto podría significar un ministerio a tiempo completo; mientras que para otros, podría ser vivir el evangelio en un trabajo secular. Como los hombres de las parábolas de Jesús, podemos seguir confiando en el valor del tesoro imperecedero que se nos ha dado. Todo en este mundo tiene un valor infinitamente menor que lo que obtenemos al seguir a Dios (1 Pedro 1:4-5).
Nuestra vida, puesta en las manos de Dios, produce un fruto eterno.

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