Del lamento a la alabanza

Habacuc 3:17-19

Con todo, yo me alegraré en el Señor, y me gozaré en el Dios de mi salvación (v. 18).

Monica oraba fervientemente para que su hijo volviera a Dios. Lloraba por su vida disipada e incluso lo buscaba en las ciudades donde vivía. La situación parecía desesperada. Pero un día sucedió: su hijo tuvo un encuentro radical con Dios y llegó a ser uno de los más grandes teólogos de la iglesia. Lo conocemos como Agustín, obispo de Hipona.


«¿Hasta cuándo, oh Señor?» (Habacuc 1:2). El profeta Habacuc se lamentaba por la inacción del pueblo de Dios ante las autoridades que pervertían la justicia (v. 4). Piensa en las veces que hemos acudido desesperados a Dios, lamentándonos por las injusticias, los diagnósticos médicos aparentemente sin remedio, las luchas financieras o los hijos que se han alejado de Dios.

Cada vez que Habacuc se lamentaba, Dios oía sus clamores. Mientras esperamos con fe, podemos aprender del profeta a cambiar nuestro lamento en alabanza, porque él dijo: «Con todo, yo me alegraré en el Señor, y me gozaré en el Dios de mi salvación» (3:18). No entendía los caminos de Dios, pero confiaba en Él. Tanto el lamento como la alabanza son expresiones de confianza; el lamento porque apela al carácter de Dios, y la alabanza porque se basa en quién es Él. Un día, por su gracia, todo lamento se convertirá en alabanza.

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