No hay palabras
Tomás de Aquino fue uno de los defensores de la fe más célebres de la iglesia. Sin embargo, solo tres meses antes de su muerte, algo hizo que dejara sin terminar su Suma teológica, el enorme legado de la obra de su vida. Mientras reflexionaba en el cuerpo roto y la sangre derramada de su Salvador, Aquino declaró tener una visión que lo dejó sin palabras. Dijo: «No puedo escribir más. He visto cosas que hacen que mis escritos parezcan paja».
Antes de Aquino, Pablo también tuvo una visión. En 2 Corintios, describe su experiencia: «tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), […] fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar» (12:3-4).
Ambos nos permiten reflexionar sobre un océano de bondad que ni las palabras ni la razón pueden expresar. Las implicaciones de lo que vio Aquino lo dejaron sin la esperanza de concluir su obra de una manera que hiciera justicia a un Dios que envió a su Hijo a morir por nosotros. Pero Pablo siguió escribiendo, aunque lo hizo consciente de que no podía expresarse ni terminar en su propia fuerza.
En todas las dificultades que enfrentó Pablo en el servicio a Cristo (2 Corintios 11:16-33; 12:8-9), podía mirar atrás y ver una gracia y bondad que superaban las palabras y el asombro.

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